Cascadas de vino vertían desde las copas, mientras señoras y señores de impecables ropas conversaban muy respetuosamente sobre cosas importantes que ya a nadie interesaban.
Dentro del salón famoso, enjambres de personas como abejas se arremolinaban en grupos intentando hacerse notar o permanecer en el círculo dorado de otra gente mas importante, que prodigaba su “aura” dosificada de manera de no elevar a nadie sobre el común de los mortales. Habiendo logrado ubicarme cercano de quién debía impresionar, luchaba disimuladamente a través de palancas de hombros y pisadas “sin querer” al pie de mi adversario, para mantenerme en posición, intervenir en la charla y mantener una mueca de sonrisa.
Fue entonces cuando, repentinamente, las ventanas se abrieron y un viento perfumado a frutas y campo atravesó el enorme salón, dio una vuelta por cada rincón y misteriosamente escapó a través de las paredes. Hasta las madames y los monsieur del lugar pudieron percibirlo de tal modo que se hizo un largo silencio incómodo en que todos se miraron sorprendidos, y luego, como siempre, un “señor serio” decidió seguir hablando de cosas importantes, abrió su gran boca de bull dog y fue ahí que percibí mi desgracia... había quedado sordo, o algo así, ya que lo veía gesticular, hacer morisquetas y soplar, pero solo oía sonidos y no lo que decía: sus mandíbulas crujiendo, el viento que exhalaba, su papada golpeando como una cachetada.
Comencé a fregarme los oídos y a temblar mientras el miedo a mi incipiente sordera, o locura, iba en aumento. Sin embargo armándome de valor, intenté pedir ayuda y me escuché, al oír mi propia voz me envalentoné y comenté a la dama que estaba a mi lado “No sabe el susto que me dí, por un momento me pareció estar sordo”. Pero la señora en cuestión abrió los ojos como si la estuviesen ahorcando y descargó una serie de sonidos a viento y chasquidos, mientras la gente a mi alrededor comenzaba a palidecer. Me observé para descubrir que es lo que estaba mal en mí, pero pronto comprendí que no era yo quién los preocupaba. Allá una señora, disimuladamente, se introducía el meñique en la oreja, aquí el “señor serio” dejaba de gesticular y sus ojos se desorbitaban, al tiempo que todo el cuarto se llena de ruidos de chasquidos y viento soplado desesperademente por las gargantas vacías.
Sin más paciencia salí corriendo de ese lugar lleno de locos y fui a dar a la calle donde por la mirada vidriosa de la gente que encontraba pude concluir que no era sólo la gente de la fiesta quien sufría esta extraña enfermedad.
Como una tromba iba chocando las personas que se cruzaban a mi paso como un rebaño, al tiempo que el calor que se levantaba del pavimento comenzaba a axisfiarme. Desesperado, me aflojé el cuello de la camisa, a la vez que sin darme cuenta, comencé a acelerar el paso desembocando en una carrera sin rumbo, perdido, hasta terminar exhausto en un plaza desconocida.
Luego de unos cuantos minutos que fue lo que tardó mi cuerpo en recuperarse de esta inusitada carrera a la cual nunca lo tuve acostrumbrado pude tranquilizarme y traté de reflexionar. Quizás todo fue un sueño, pero con un sueño así ya habría despertado; quizás estoy alucinando, si eso podría ser, o tal vez alguna comida de la fiesta o el exceso de bebida; pero ¿cómo podría reflexionar de una manera coherente?. Quizás algún tipo de epidemia, un nuevo virus escapado de algún laboratorio, o una nueva arma biológica. Sentía mi cabeza latiendo y cientos de avispas picandome desde el interior de mi cráneo cuando suavemente me fue llegando una melodía en el aire, silbada por alguien en la plaza. Me levanté y salí corriendo en dirección al sonido y lo hallé en los labios de un anciano, sin pensarlo dos veces lo increpé -¿Cómo lo hace?- el anciano se detuvo sorprendido por mi pregunta y probablemente por mi expresión desencajada, pero me obsequió una gran sonrisa y dijo claramente “Buen dia ¿Nunca le enseñaron? Ponga los labios así y sople”.
Mis piernas se aflojaron al oír el sonido de su voz ¿Cómo podría ser posible? Todas mis conclusiones sobre la epidemia, el sueño, las alucinaciones se venían abajo; estaba oyendo. Me alegré y disimuladando mi turbación le hablé a mi desconocido sanador para descubrir se aún me escuchaba -Qué hace aquí solo en la plaza?-, - No estoy solo, he traído a mis nietos- dijo señalando a un grupo de niños -y además estoy con mis reflexiones que no son pocas-. Mientras hablaba, ya mi mente había volado muy lejos hacia otro lado. Al ver a sus nietos inmediatamente pensé en mis niños y una nueva oleada de terror me invadió ¿Se habrían contagiado también? Sin despedirme siquiera volvía a enfrascarme en otra desesperada carrera ¿Dónde estan mis hijos? ¿Cómo se encontraran?
Logré ubicar mi auto y zigzagueando entre la maraña del tráfico, observaba los rostros deformados, casi gelatinosos, en su intento de atacar a insultos mis ahora infranqueables oídos. Para abrirme paso fui tocando bocina, sin estar seguro de que alguien la oyera, hasta llegar a la puerta de mi hogar
Me deslicé hacia dentro mientras el portero me lanzaba soplidos y vientos alcoholizados obtenidos en la cómplice oscuridad de la sala de máquinas.
Llegué a la puerta de mi semi-lujoso departamento del que siempre me había enorgullecido sin atreverme a entrar, temeroso de lo que podría encontrarme. A pesar de ello abrí la puerta e ingresé preparado para lo peor.
Desde el cuarto posterior, pude oír un pequeño rumor pero sin distinguir si eran palabras o los temidos soplidos. Finalmente, al llegar a la puerta vi a ambos sonriendo y divirtiéndose. Al verme sus rostros se iluminaron y corrieron hacia mis brazos que los esperaban sedientos. Al calor de sus inocentes cuerpos y al recibir las ráfagas de sus palabras cariñosas, por primera vez en ese día aterrador, sentí bajar una gran oleada de paz. Les dije que los quería y pude comprobar que me escuchaban al responderme que me habían extrañado, interrumpiéndose mutuamente para contarme sus actividades del díarias.
Sin embargo mi día de visicitudes no había terminado. Escuché la puerta de calle abrirse y vi entrar a mi esposa con gesto adusto, mientras iba dejando sus pertenencias en el perchero y comenzaba a descerrajar los horribles soplidos que en sus labios sonaban mas aterradores y dolorosos que nunca. Perdí la voz y mi cuerpo se entumeció sin poder hacer ningún movimiento a la vez que mis pensamientos se atropellaban en mi cerebro, pisoteando mis cavilaciones “¿Qué enfermedad o locura podía ser la que me aquejaba? ¿Qué tipo de virus podría atacar a todos, menos niños y ancianos?. Y entonces ocurrió el milagro, mi esposa que graznaba y emitía chasquidos se dio vuelta. Al verme en casa, su rostro se transformó con una sonrisa cálida y pude escuchar su voz levantarse desde su garganta para decir “Hola, mi amor, te extrañé”. Yo no podía salir de mi asombro ante el cambio aparejado en su voz. Fue ese hecho el que me dio la clave de este misterioso suceso, aunque nunca pude saber cual fue la causa ya que no solo se extendió al oído sino también a la vista. Al principio todos estaban aterrorizados, pero con el tiempo nos fuímos acostumbrando a la nueva situación y hasta podría decirse que lo que comenzó como una desgracia casi llegó a gustarnos.
Significó la desaparición de los políticos ya que nadie comprendía las propagandas y pegatinas.
La forma de vida se modificó para siempre, aunque por supuesto siempre existen trampas para todo, en este caso la indiferencia. Ciertas personas poco acostumbradas a escuchar jamás notaron el cambio mientras que otros, como los abogados, no sufrieron con la transformación ya que sus expresiones siempre han sido inentendibles.
Y si bien en general los cambios en nuestra manera de vivir fueron buenos para todos, hay ciertas cosas que se han vuelto dolorosas. Cuando en una pareja los graznidos reemplazan a las palabras, o peor aún, percibir los primeros graznidos y chasquidos de un hijo.